lunes, 11 de diciembre de 2017

Extraordinarios delirios populares y la locura de las criptomonedas.

En su libro "Extraordinary Popular Delusions And The Madness Of Crowds" (extraordinarios delirios populares y la locura de las multitudes), Charles Mackay explora la psicología de masas en distintos episodios de la humanidad que va desde lo hilarante hasta lo patético. No podía faltar la tulipmanía, la burbuja especulativa que se desarrolló en Holanda en el siglo XVII y que fue relativamente bien documentada por los cronistas de la época. La mayoría de la gente conoce la historia en lo general, pero es en lo particular donde se adquiere el verdadero significado de las cosas.

Evolución del precio de los bulbos de Tulipanes
(Poster de René Pronk)
La historia corta es la siguiente: Los tulipanes tuvieron un auge de popularidad cuando fueron introducidos en Holanda a finales del siglo XVI. En algún momento, un virus benigno hizo que algunos tulipanes contaminados presentaran diseños únicos y exóticos, lo que hizo que se volvieran flores codiciadas por los aristócratas, hasta lo razonable. Lo razonable empezó a diluirse cuando se empezaron a negociar contratos a futuro: Dado que los bulbos de Tulipan (que fueron el verdadero objeto de la Tulipmanía, más que la flor en sí) no se podían estar trasladando hasta que el bulbo floreciera (lo que podía tardar años) y llegara al consumidor final, fue que se crearon los contratos a futuro: alguien compraba al agricultor no el bulbo, sino los derechos sobre el bulbo (que ejercería al cuando este floreciera y llegara el momento de venderlo), que a continuación vendía a un tercero (con ganancia), que a continuación vendía a un cuarto (con ganancia), que a continuación... cada nuevo intermediario inflaba mas el precio, y el siguiente intermediario lo compraba solamente porque esperaba venderlo mas adelante a otro intermediario. El precio de un bulbo estaba superinflado incluso antes de llegar al comprador final, y la locura se mantenia por la fé que tenían los distintos intermediarios en que, llegado el momento, algun idiota millonario compraría el bulbo a un precio final del que saldrían las ganancias para sustentar toda la cadena de especulación. La burbuja duró tanto como el tiempo que tardaron los primeros bulbos super-exóticos en florecer: cuando llegó el momento de buscar los compradores finales que pagarían toda la histeria colectiva, descubrieron que el consumidor no es estúpido. Nadie va a vender una casa para pagar por una flor bonita, que era basicamente el único uso de los tulipanes cuando le quitabas el componente especulativo. Ahí fue cuando llegó la catastrofe. Masivamente intentaron vender los contratos a futuro, primero a un precio moderadamente bajo, y finalmente al precio que fuera: Quienes lograron deshacerse de sus contratos antes de que reventara la burbuja, ganaron grandes cantidades. Los que no, perdieron toda su inversión.

Quien hace una comparación de la tulipmanía con Bitcoin y demás criptomonedas no suele entrar en mucho detalle simplemente porque desconoce tanto la historia de la tulipmania como la tecnología detrás de Bitcoin. Desde luego que hay coincidencias preocupantes:

1. Un aumento explosivo en la demanda (y por lo tanto en los precios). 2. Gente que se endeudó más allá de su capacidad de pago con la esperanza de que recuperaría más de la inversión (sin una garantía de que eso pasaría). 3. Falta de regulación gubernamental. 4. Optimismo generalizado sobre el futuro. 5. Escasez del producto (recordemos que no fueron los tulipanes comunes los que dieron pie a la euforia, sino variedades raras cuyos únicos bulbos disponibles en muchas ocasiones podían contarse con los dedos de la mano).

Pero también hay diferencias fundamentales entre la tulipmanía y Bitcoin:

1. La mayor parte de la especulación en el precio de los contratos a futuro en los bulbos se dió fuera del mercado final. Parte fundamental de la locura especulativa fue la cadena de intermediarios que no tenia información real sobre cual sería el precio final del bulbo una vez llegara al último eslabón (el consumidor). Bitcoin en cambio es un activo que se compra y vende directamente, sin intermediarios. Toda persona que adquiere Bitcoins está adquiriendo el producto final, es decir, en todo momento hay seguridad de que el consumidor final está dispuesto a pagar por el producto.

2. Los bulbos y tulipanes eran mercancías extremadamente efímeras, las personas que se involucraon en ese negocio sabían que, le fueran a sacar ganancia o no, tenian que deshacerse de sus contratos tan pronto como pudieran; de ahí que la burbuja reventara a la primera señal de peligro. Bitcoin es en esencia eterno, y por mucho que lo compres a un precio inflado y este caiga, no tienes prisa por venderlo (HODL), de modo que puedes esperar a tiempos mas propicios para vender en lugar de abandonarte a la locura.

3. La única utilidad de un contrato de futuros sobre el bulbo era el retorno sobre la inversión, es decir, la posibilidad de venderlo a mucho mas dinero del que lo compraste. En el momento en que el ROI bajó de cero, todo se desplomó. Bitcoin es un instrumento atractivo para muchas personas incluso con un ROI negativo por una sencilla razón: ningún asqueroso gobierno puede meterle mano. Y si no sabes lo valioso que es eso es porque tienes la fortuna de no vivir ni en un infierno fascista ni en un paraíso socialista.

4. La tulipmanía fue una burbuja en constante crecimiento hasta que llegó al punto de saturación de mercado y colapsó subitamente. Bitcoin ha llegado a perder el 40% de su valor e incluso pasar años con rendimientos mayoritariamente negativos, lo que no ha evitado que aumente poco a poco la demanda. Esto es particularmente importante: Quien hace comparaciones de Bitcoin con la tulipmania evita mencionar que las condiciones para una explosion de burbuja y fin de Bitcoin ya se han dado muchísimas veces, suficientes como para que alguien haya decidido llevar registro de las veces que se ha declarado muerto a Bitcoin.

En resumen, comparar Bitcoin con Tulipanes es absurdo. Por más que los haters digan que Bitcoin no tiene ningún valor intrínseco, la realidad es que Bitcoin tiene valor por su capacidad comprobada para saltar bloqueos gubernamentales e institucionales, la seguridad de su protocolo, su potencialmente infinita divisibilidad, la capacidad de mantener el anonimato (o al menos dificultar el rastreo) y la facilidad de transferirlos. Ninguna moneda o valor refugio habia ofrecido antes todo eso. Son las ventajas tangibles del Bitcoin las que le permiten que exista un mercado. Que actualmente el precio está inflado para el mercado que ralmente existe para BTC es algo perfectamente posible, y las correcciones de mercado no son nada raro para cualquiera que lleve algunos meses siguiendo el desarrollo de la criptomoneda. Bitcoin aún puede fallar, nadie pone en duda eso. Pero lo hará si una alternativa mejor y más eficiente logra arrancarle su lugar, y eso ya no tendría nada que ver con burbujas, sino simplemente con el mercado eligiendo el producto más óptimo. Si se quiere atacar Bitcoin, forzosamente tiene que ser desde el nivel técnico y no con comparaciones simplonas. Ahora que si se quisieran hacer comparaciones, el periodo historico que ofrece mayores similitudes con el Bitcoin es la Fiebre del oro y la expansión hacia el oeste en los EEUU. Pero de eso hablaremos en otra entrada.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Y AC dijo: "¡Hagase Blockchain!"


Isaac Asimov siempre fue optimista respecto al futuro. En uno de sus cuentos cortos (y uno de los mejores), "La Ultima Pregunta", Asimov juega con la idea de qué tan pequeña y poderosa puede hacerse la tecnología. Multivac, la mas grandiosa computadora que construyera la humanidad, ocupaba al principio cientos de km cuadrados. Sus cálculos ayudaron a resolver el problema del viaje por el hiperespacio y con ello la humanidad pudo evantualmente poblar todo el universo. Con el tiempo Multivac se logró reducir a varios edificios, luego se empezó a mejorar a sí misma y logró que cupiera en una habitación. Finalmente, en algún momento dejó de existir fisicamente: multivac se "mudó" al hiperespacio, un lugar compuesto por dimensiones adicionales a las 3 que el ser humano puede detectar. La única manifestación física que quedó de ella fueron los receptores desde los cuales Multivac podía escuchar a los humanos cuando acudían buscando la solución a algún problema. "La mayor parte está en el hiperespacio. Ignoramos qué forma haya tomado ahí".

Puede parecer inverosímil que algo "físico" deje de ser físico, pero no hace falta rascar demasiado para encontrar ejemplos reales. Hace 1000 años, cualquier riqueza forzosamente tenía que "existir" de alguna manera. Incluso cuando el dinero se resguardaba y se cambiaba por una libreta contable (cosa que ya se hacía desde Babilonia), podías rastrear el origen de esa riqueza hacia algo concreto y tangible. No habia en el mundo un solo objeto de valor que estuviera desprendido de cualquier atributo físico. ¿Como podría haberlo?

¿Pero qué son las acciones de google? ¿Puedes mostrarme una? ¿Puedes tocarla o decirme donde está? ¿Como podrías explicarle a un Babilonio que 100 mil acciones de google te hacen asquerosamente rico? ¿qué produce google? Internet ha creado un lugar donde existe una increible cantidad de cosas valiosas, pero si lo piensas bien, todo esto de internet debería de darnos un poco de miedo por la complejidad de lo que hemos creado. Podemos como humanos ver la manera como la riqueza de internet se manifiesta en nuestras tres dimensiones, pero el "ciberespacio" se ha convertido, para fines prácticos, en una nueva dimension, perfectamente adaptada a las máquinas, no a los humanos. Inteligencias artificiales viviendo dentro de memoria RAM hacen a diario millones de operaciones en mercados financieros, sin ninguna supervisión humana. Cada día generamos más objetos valiosos con cada vez menos atributos físicos.

Con Bitcoin hemos dado un paso más. Antes la gente resguardaba el oro y este ha sido durante miles de años el valor refugio por excelencia. Pero el oro es difícil de transportar y de manejar, es caro resguardarlo, es riesgoso mantenerlo, y es increiblemente difícil transferirlo. BTC es el resultado de haberle quitado al oro todos sus atributos físicos y dejado solamente aquello que le daba valor. BTC es oro digital, un activo increiblemente valioso que puedes enviar al otro lado del mundo instantaneamente, con un costo de transferencia ridículamente bajo y con absoluta seguridad. Que puedes minar tu mismo simplemente haciendo cálculos. Bitcoin no vive en internet. Si un dia el gobierno apagara internet, podriamos continuar realizando transacciones en BTC mediante señales radiofónicas. Bitcoin no vive en las computadoras. Si un dia estas desaparecieran, podriamos seguir minando bitcoins con lapiz y papel y continuar trabajando con la blockchain. ¿Donde vive Bitcoin entonces? La respuesta es: en ningún lugar. Desde el momento en que Satoshi Nakamoto creó su withepaper, bitcoin apareció, existe en todas partes y para cualquier persona. Su respaldo no es ningún gobierno, institución, persona, o valor físico. Su respaldo es la criptografía y las leyes de la matemática, inmutables e incorruptibles. Existen 21 millones de Bitcoins, pero hasta ahora solo hemos logrado minar 16 millones. Nadie en este momento (ni siquiera el mismo Satoshi) puede disponer de los otros 5. ¿Dónde están esos otros 5 millones? Escondidos. ¿Escondidos por quién? Por las matemáticas.

Bitcoin no es algo físico. Es una idea, un algoritmo. Por eso comprendo perfectamente que la mayoría de la gente lo mire con desconfianza y no entienda cómo es que puede ser tan valioso. Pero la sociedad funciona así: las cosas son como son... hasta que dejan de serlo. Y una idea que para una generación es totalmente antinatural y extraña, para una nueva generación ya es el orden natural de las cosas. Nuestros nietos se preguntarán como es que pudimos vivir sin blockchain.

lunes, 1 de junio de 2015

Socialismo y Crisis en la Roma de Diocleciano (Parte II)


En la entrada anterior presentamos la situación que atravesaba Roma cuando Diocleciano llegó al poder. Recuerde el lector que no estamos hablando ya de la Roma invencible y grande de las historias, sino del imperio en sus últimos años, totalmente colapsado debido a sus propias contradicciones y estrangulado a muerte por su propia aristocracia podrida. La moneda no valía ya nada, los precios escalaban sin parar, los pequeños y medianos propietarios, alguna vez trabajadores libres, perdían sus tierras a manos de los terratenientes. Los impuestos eran más altos que nunca, pero la recaudación estaba por los suelos.

Roma enfrentaba una crisis productiva, monetaria, militar, moral, y se requerían no menos que unos cojones de acero para tomar las riendas en medio de ese monumento colapsando. Diocleciano los tuvo, y por ello la historia lo honró con el título de el último gran emperador romano. Y no es que le alcanzaran para salvar a Roma de la destrucción, pues a esas alturas del partido ya no había fuerza en el mundo capaz de evitar la caída del imperio, y el lo sabía muy bien. Roma ya no era ni siquiera un lobo moribundo, sino un cadáver en avanzado estado de descomposición. Parte de la genialidad de Diocleciano consistió en darse cuenta de ésta situación, y derivado de ello, hizo lo mejor que se podía hacer en esas circunstancias: le echó cal.

Las reformas de Diocleciano.


Muchos fueron los edictos y leyes que Diocleciano decretó para poner un poco de orden en medio del caos (un orden de cementerio, como ya dijimos, pero orden al fin). Algunos de esos decretos tuvieron más éxito que otros, pero bueno, el premio al esfuerzo ahí está. Veamos sólo algunos.

Edictum De Pretiis Rerum Venalium

El edicto sobre precios máximos, edicto sobre precios, o simplemente edicto de Diocleciano fue el nombre de la norma promulgada por éste que regulaba los precios de ni más ni menos que 1300 productos, así como los salarios asociados a cada oficio que se dedicaba a producirlos. Pues sí, los controles de precios no los inventaron los socialistas. En eso también nos ganaron los romanos. y como las izquierdas bananeras modernas, este edicto estuvo motivado por un problema bien claro: la inflación.

Las escaladas de precios han sido el quebradero de cabeza más antiguo de los gobiernos, y las soluciones intentadas no podrían ser más variadas. En particular, la propuesta de Diocleciano ya se había intentado muchas veces antes, pero jamás de una manera tan masiva y minuciosa. Ya sabemos cómo funciona el razonamiento, personajes como Maduro, presidente de Venezuela, nos lo puede explicar muy bien: Si los granjeros avariciosos están aumentando el precio del trigo, bastaría que decretaras un precio máximo del trigo para acabar con la inflación, ¿verdad?... ¿verdad, amigos?

El problema de éstas leyes es que tanto productores como consumidores tienen grandes incentivos para no respetarla. Claro que en esa época había cojones y la pena por violar ésta norma era ni más ni menos que la muerte, con lo que dicha ley se respetó mucho más que ahora. ¿Y dejaron de aumentar los precios? Pues sí, la inflación se controló un poco, más que nada porque los productores, ya no pudiendo obtener ganancia por la venta de sus productos, y teniendo que escoger entre morir por violar el edicto y morir de hambre, pues la mayoría decidió morir de hambre. La inflación se fue para dar lugar a la escasez, y la escasez, finalmente, dio origen a un mercado negro, aquel donde personas totalmente fuera de la ley vendían trigo en algún oscuro callejón a precios 10 veces más altos que los oficiales, pero que al menos les daba tanto al vendedor como al comprador la posibilidad de sobrevivir un día más (si es que no los descubrían, por supuesto). Al final, el edicto sobre los precios no tuvo los efectos que Diocleciano esperaba y se convirtieron en letra muerta.

Sobre los impuestos.

La caída de la recaudación que comentamos anteriormente no estuvo motivada solo por la pobreza generalizada. Estaba también el problema de la devaluación masiva de la moneda, pues no pudiendo comprar con los denarios ni el papel para limpiarse el culo, ¿de qué le servía al recaudador cobrar los impuestos en ésta moneda? Precisamente porque las necesidades recaudatorias seguían ahí y la moneda ya no podía ser usada para estos fines, fue que comenzaron las medidas confiscatorias de las que hablamos antes: el recaudador entrando directo a la cocina a tomar lo que quería sin tener que rendir cuentas a nadie.

También en esto tomó cartas el emperador, esta vez con un poco más de éxito. Sabiendo bien que la propia moneda del imperio estaba muerta, Diocleciano formalizó la situación y dictó una serie de normas que calculaban cuánto debía pagar cada ciudadano en términos ya no de denarios (u otras monedas), sino de gallinas, grano y demás productos. Los ciudadanos pasaron a pagar como impuesto un porcentaje de aquello que ganaban o producian. Los funcionarios iban a la granja de manzanas, contaban el número de árboles y le decían cuántas libras de manzanas tenía que entregar al fisco a fin de mes. A continuación iban con el productor de trigo, medían las hectáreas de tierras cultivables así como la cantidad de lluvia y fertilidad de la tierra y le decían cuánto trigo debía entregar. No hace falta decir que se necesitó un censo masivo de todas las propiedades y riquezas de roma, pero al menos esto ayudó a poner un poco de orden (y eliminar un poco la discrecionalidad) en el cobro de los impuestos. Dado que los legionarios y funcionarios tenian, en general unas necesidades bien identificadas, al imperio le resultaba más sencillo calcular sus necesidades en términos de los recursos que necesitaba para mantener al ejército, la burocracia y los edificios, de modo que pudo establecer cargas más razonables a los productores. Por otra parte, el saber exactamente qué tendrían que entregar le dio a los ciudadanos un pequeño respiro, comparado con la situación anterior de confiscación ad hoc.

Ligados al trabajo.

El problema de la iniciativa privada, en todos los gobiernos de todas las épocas, es que no se puede mantener quieta. Para cada producto había sido ya calculado un precio y de éste modo las ganancias del productor quedaban irrevocablemente ligadas a éste. El problema es que los precios seguían cambiando, de modo que cuando al productor ya no le resultaba económicamente atractivo seguir produciendo para vender bajo los precios controlados, éste simplemente abandonaba su taller y se largaba a mitad de la noche. ¿Solución? Ligar a las personas a su trabajo.

Diocleciano decretó que cada persona quedara permanente e irremediablemente atada a su puesto. Más aún, los propios hijos debían aprender el oficio de sus padres y heredar su puesto cuando esté llegase a faltar. Si eras un agricultor, lo seguirías siendo por el resto de tu vida, así como tus hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos, y los... bueno, se entiende la idea. Especialmente el campesino fue ligado a su tierra, lo que fue la base del sistema económico que sustituiría el vacío que dejó Roma durante los mil años siguientes: había llegado el siervo de la gleba, ese que no podía huir de su feudo porque no encontraría trabajo en ningún otro lugar (si es que no lo encontraban y mataban primero).

Diocleciano... ¿el emperador socialista?

Control de precios y salarios, combate a la especulación y el acaparamiento, economía planificada... muchos socialistas creen que lo suyo es una idea nueva, que ellos fueron la primera generación de administradores que tuvieron que lidiar con problemas como la hiperinflación y el acaparamiento y que dichos problemas son siempre responsabilidad de la burguesía capitalista. Pero como ya hemos visto, nada mas lejos de la realidad. Desde luego, el socialismo como concepto es muy nuevo (al igual que el concepto de capitalismo), y al igual que pasó con el periodo proto-capitalista de la Roma de Augusto (del que ya hablamos en una entrada anterior), Diocleciano no tomó medidas basadas en ideologías o simpatías, sino en lo mejor que pudo hacer de acuerdo a su propio juicio. Los antecedentes, sin embargo ahí están, y las causas y efectos de las distintas medidas también, para cualquiera que tenga el interés en aprender de la historia.

El último gran emperador romano.

Pues sí, Diocleciano estableció controles de precios y ligó a la gente a su trabajo, mejoró lo poco que podía el sistema de impuestos y la gente pudo gozar de un breve periodo de paz. Sin embargo, la caida de Roma (hecho histórico que se usa para marcar el fin del periodo clásico y el inicio de la Edad Media) llegó apenas 200 años después de la muerte de Diocleciano. Considerando que Roma duró unos buenos 1200 años desde su fundación hasta su caída final, tampoco parece que haya sido un gran logro. Entonces, ¿por qué le llamaron a Diocleciano el último gran emperador romano?

Bueno, para empezar y como ya dijimos, no se iba a encontrar en todo el imperio una roca lo suficientemente grande como para poder esculpir en tamaño real los cojones que tuvo al tomar las riendas del imperio de la manera como los tomó. Los emperadores blandengues que llenaron los capítulos finales de la historia de Roma no solo tuvieron finales rápidos y patéticos, sino que provocaron innumerables muertes y miseria debido a su incapacidad para manejar la economía de un imperio en contracción. Emperadores débiles generaron guerras civiles, purgas, invasiones y saqueos.

Diocleciano, al menos, tomó su oportunidad y le dio a Roma un último breve periodo de paz, uno lo suficientemente tranquilo y estable como para meter el cadáver del imperio en un ataúd, cerrarlo muy bien y enterrarlo definitivamente. La mayor aportación de Diocleciano a la historia fue el haber podido establecer, de una manera más o menos organizada, las bases económicas para que el feudalismo reemplazara al modelo inservible del periodo clásico. Más aun, tras 21 años de ostentar el título de emperador, Diocleciano abdicó y dejó el imperio en manos de un sucesor, algo totalmente anormal para los emperadores de esa época, que hacían lo que fuera por obtener el poder, ya no digamos conservarlo. Por otro lado, a Diocleciano nunca le interesó ser quien dirigiera las cosas tras bambalinas, a tal grado que cuando sus hijos fueron a visitarlo en la finca donde él pasaba su retiro, con el fin de pedirle volver a la vida política, Diocleciano respondió

Si pudieras mostrar la col que yo planté con mis propias manos a tu emperador, él probablemente no se atrevería a sugerir que yo reemplace la paz y felicidad de este lugar con las tormentas de la avaricia nunca satisfecha.

Diocleciano no solo alcanzó el logro de haber dejado al imperio mejor de lo que lo encontró (algo extremadamente difícil en la época que él vivió), sino que tuvo además el honor de ser uno de los pocos emperadores en la época tardía del imperio que moriría en la comodidad de su cama y a muy avanzada edad.

sábado, 14 de junio de 2014

Socialismo y Crisis en la Roma de Diocleciano (Parte I)


En la entrada anterior hablamos de un periodo "casi" capitalista en la Roma de Augusto, periodo que abarcó buena parte de la pax romana y que se iría diluyendo durante las decadas siguientes conforme el imperio romano entró en decadencia. En ésta ocasión, hablaremos sobre el emperador Diocleciano y el "casi" socialismo que se implantó en dicho periodo.

Como habíamos comentado antes, ese "casi" debe tomarse con mucho cuidado. En aquellas épocas no existían términos como "capitalismo" o "socialismo". No existía ese afán por definir y delimitar cada idea y medida que se aplicara, y la gente no se volvía loca defendiendo (o atacando) alguna de las posturas. Desde el principio hasta al final los regentes romanos se basaron más en criterios utilitaristas que morales (con algunas excepciones), y la gente de igual modo aceptaba lo que viniera dependiendo de cuán bien funcionaba, sin meterse en dilemas morales. Conceptos como "derechos humanos" estaban apenas empezando a permear en la sociedad, y otros como "contrato social" estaban lejos de ser inventados; el estudio de la economía se limitaba a poco más que llevar una estricta contabilidad cuando de las arcas del imperio se trataba, y de finanzas personales y algunos instrumentos financieros si se hablaba de las familias o instituciones privadas. Cuando los romanos implementaron su socialismo, no sabían realmente lo que estaban haciendo, y para ser justos, cuando conquistaron el mundo, tampoco. Vamos a jalar un poco de historia primero, porque sin el contexto no tenemos nada. Así fue cocinándose la situación que tendría que enfrentar Diocleciano para cuando llegara al poder.

Fin del la expansión.


Durante la Pax Romana, la estabilidad en todas sus formas (económica, comercial, monetaria, militar, etc) permitió el rápido progreso de la sociedad Romana hasta niveles nunca antes alcanzados. Si bien es cierto que las políticas liberales permitieron al comercio expandirse por todo el mediterraneo y dentro de las fronteras (con el consecuente aumento en el nivel de vida), también es innegable que las grandes obras de infraestructura, así como el ejército que el imperio necesitaba para mantener la paz, estuvieron siempre financiados en parte gracias a la expansión militar. Cada vez que el imperio se anexionaba nuevas provincias, un caudal de dinero producto del tributo de la región conquistada entraba a las arcas, dinero que era entonces usado para seguir financiando las obras de infraestructura y el ejército. Estas entradas masivas de recursos terminaron subitamente con el final de la expansión militar. Cuando el imperio llegó a su máxima extensión territorial, entró en una nueva situación en la que todo su financiamiento debía ser obtenido dentro de las fronteras. El gran problema de los gobiernos (sean los actuales o los de hace tres mil años) es que se expanden con mucha facilidad, pero difícilmente se contraen. A través de su historia, Roma desarrolló una necesidad de expansión para poder sostener su estructura, de modo que cuando el imperio romano ya no tuvo más regiones exteriores de las cuales financiarse, volteó subitamente hacia dentro de sus fronteras y comenzó a devorarse a sí misma, poco a poco al principio, pero cada vez más rápido conforme la situación fue empeorando.

El imperio alcanzó su máxima extensión en el siglo II. A partir de ese momento,
cualquier financiamiento que necesitara tendría que salir desde dentro de sus fronteras.

Guerra civil.


La gradual corrupción de los emperadores romanos (junto con toda la clase política) terminó llevando al imperio a una lucha constante entre personas hambrientas de poder. Para el siglo III, el imperio romano se encuentra dividido en tres debido a una guerra civil, cada fragmento gobernado por un autoproclamado César (emperador) y cada César combatiendo a los demás para comerse todo el pastel. La anarquía (en su acepción más común, esto es, el caos) recorría todo el mundo conocido. La debilidad del poder central hizo que los bárbaros de las regiones exteriores del imperio se abalanzaran sobre la antes invencible Roma desde todas las direcciones. Los Césares estaban más interesados en hacer la guerra con sus homólogos que en defender a sus ciudades de los bárbaros, y por si no fuera suficiente, los gastos de la guerra requerían de impuestos crecientes, lo que aceleró cada vez más la destrucción del tejido productivo (ya sea por los impuestos o debido a las invasiones).

Facciones en disputa por el poder (siglo III).

Inflación.


La economía romana se basaba en el concepto de dinero-mercancía, esto es, monedas que tenían un valor tangible debido a su composición de metales preciosos. Las tres principales monedas que acuñó el imperio fueron el aureo (hecho de oro), el sestercio y el denario (estos dos últimos hechos de plata). Salvo muy contadas ocasiones, el imperio nunca tuvo un erario rebosante de dinero, y dado que los impuestos podían hacer muy impopular al emperador en turno, la tentación de buscar otras fuentes de financiamiento era grande, de modo que para hacer frente a las necesidades de efectivo, el imperio tuvo siempre una política de degradación de la moneda, es decir, alterar de manera consciente la composición de ésta (agregando metales de menor valor o reduciendo el tamaño) para poder crear más monedas con la misma cantidad de metales preciosos. Con esto el imperio podía seguir realizando pagos, pero debido a que al final tienes más monedas en circulación, éstas comienzan a perder su valor, lo que provoca un efecto inflacionario. Para cuando Diocleciano llegó al poder, el aureo tenía solamente el 66% de oro de lo que tenía en la época de Julio César, y el Denario, que en su mejor momento era casi exclusivamente de plata, ya no contenía más del .02% de éste metal. ¿Resultado? una escalada de precios de 15000% en un periodo de 80 años, y la devaluacion casi total de la moneda, con las lógicas consecuencias para la economía.

Impuestos.


La manera más directa que tenía Roma para cobrar impuestos era mediante el impuesto directo al ciudadano como el impuesto a las tierras y propiedades. Como medios indirectos, se tenían los impuestos en las importaciones y exportaciones, que debían pagar los comerciantes si querían entrar o salir de los puertos romanos. En contraste con el 33% aproximadamente que pagan los ciudadanos de las democracias modernas, los romanos pagaban en total un 5% de su riqueza en las mejores épocas del imperio, lo que era suficiente (otra vez teniendo en cuenta el financiamiento extra que se obtenía de la expansión militar) para financiar las obras públicas y el ejército (que gracias al liderazgo y estrategia de sus generales, podía mantener el orden en todo el imperio sin incurrir en gastos excesivos). Conforme pasó el tiempo, los impuestos fueron aumentando hasta llegar a niveles insostenibles. La expansión de los impuestos fue motivada por varias causas: el aumento en los subsidios al desempleo, los crecientes gastos de guerra de parte de las facciones en disputa, el aumento gradual de la burocracia y el final de la expansión militar contribuyeron a que el imperio aumentara cada vez más sus exigencias recaudatorias.

Bajo el periodo de Augusto, la tasa de impuestos era fija para todos (pagabas lo mismo independientemente de cuánto dinero tuvieras), política que fue gradualmente desplazada por impuestos progresivos conforme el imperio fue necesitando cantidades crecientes de dinero. Estos impuestos progresivos estuvieron motivados por muchos factores excepto el de la justicia social. Todo emperador que quisiera conservar la vida durante un periodo de tiempo razonable debía entender perfectamente que la opinión pública resultaba fundamental para mantenerlo donde estaba. Un emperador impopular podía ser fácilmente asesinado, como fue el caso de Calígula o Neron, de modo que cuando el imperio necesitaba dinero, aumentar impuestos a las clases bajas o medias resultaba peligroso, si no es que suicida. Las clases altas resultaban un mejor blanco a la hora de obtener más dinero de impuestos.

La guerra contra la riqueza.


La creciente presión fiscal sobre las clases altas no estuvo motivada solamente por las necesidades recaudatorias. Casi desde el comienzo, y debido a su estructura, las familias más ricas de Roma eran las portadoras del poder político, que recaía en gran medida en el senado. La transición de Roma de la república hacia el imperio hizo que el poder político cambiara de manos, siendo el senado poco a poco desplazado por la figura del emperador.

Debido a que el senado era la única institución que podía limitarlos, los emperadores concentraron cada vez más energía en quitarle su poder, y la manera más directa para hacer esto era quitandole su riqueza. Con esto los emperadores mataban dos pájaros de un tiro: quitaban poder a sus "enemigos" y al mismo tiempo hacían entrar dinero a las cada vez más hambrientas arcas públicas. Las familias más ricas de Roma vieron aumentar la presión recaudatoria hasta niveles confiscatorios conforme los emperadores consolidaban su poder. Ante dicha presión, los miembros de las clases altas se refugiaron en valores más pequeños y portables para poder esconderlos del recaudador de impuestos. Las familias ricas dejaron de invertir en cultivos, granjas, talleres y comercios (que eran fácilmente identificables y gravables) y comenzaron a atesorar y guardar sus riquezas en forma de metales, piedras preciosas y otros artículos de alto valor. Al final, el sistema tributario implosionó y los impuestos que el imperio obtenía de las clases altas se fueron a mínimos. Ya solo quedaban dos clases de ricos: los que eran amigos del imperio (y por lo tanto intocables), y los que ya habían escondido del recaudador lo poco o mucho que les quedaba de riqueza. El imperio ya no obtendría más de ellos. No pudiendo exprimir más a las clases altas, y dado que los gastos de la burocracia se mantenían en los mismos niveles, el imperio volteó hacia las clases medias para cubrir el hueco fiscal que dejaron las clases ricas en retirada; cuando la clase media terminó por abandonar también el tejido productivo, le tocó el turno a las más bajas.

La guerra contra la riqueza la sufrieron, como siempre, los individuos más pobres de la sociedad romana, que pasaron de tener poco a no tener absolutamente nada (en contraste con las familias más ricas, que pasaron de ser inmensamente ricas a ser ricas a secas). A esto sumemos la depreciación de la moneda producto de las políticas de degradación, y para el siglo III obtenemos un tejido productivo totalmente destruido y un sistema tributario colapsado, a tal nivel que el imperio ya había abandonado cualquier intensión de guardar las apariencias y tomaba los recursos directamente, siempre que los necesitara y de donde pudiera sacarlos. El recaudador (acompañado a menudo por miembros del ejército) entraba en las pocas granjas que quedaban y tomaba vacas, cerdos o cualquier otra cosa que pudiera llevarse. Entraba a las casas y se llevaba alhajas, tejidos y demás riquezas. La gente solo podía ver con impotencia cómo lo poco que le quedaba le era robado de manera impune.

El abandono de las ciudades.


Hubo una época en la que la ciudadanía romana era lo más valioso que una persona en el lado occidental del planeta podía obtener. Los bárbaros de las fronteras del imperio escuchaban de sus abuelos las historias de la ciudad eterna, de sus acueductos, de sus maravillas de ingenieria, de sus legiones invencibles y sus ciudades inconquistables. Sólo podían imaginar lo que significaba ser ciudadano romano y con ello ser el propio dueño de su vida y de su destino. Para el siglo III esa época ya había quedado atrás. En estos nuevos tiempos, ser ciudadano romano significaba pagar más impuestos, significaba vivir en ciudades cada vez más decadentes y propensas a sufrir invasiones. Era tener que lidiar con la corrupción en todas sus formas, el tener que sobornar funcionarios para que se le permitiera trabajar su tierra, luego sobornar al inspector para poder vender sus mercancías en el mercado y luego dar dinero al asaltante para poder llegar con vida a casa. Era tener que soportar los aumentos de precios y la cada vez más acuciante escasez de productos. Ser ciudadano romano era una mierda, y debido a esto, llegó un momento en el que el flujo migratorio, que siempre había sido desde las provincias hacia las ciudades, cambio de dirección: la gente comenzó a abandonar las ciudades para probar suerte en el despoblado, en las aldeas, en los territorios bárbaros de las provincias exteriores. El sueño americano no era nada nuevo, lo inventaron los romanos: y también a ellos les tocó verlo desvanecerse.

La llegada de Diocleciano.


Crisis. Esa era la palabra que describía al imperio cuando Diocleciano (llamado el último gran emperador romano) llegó al poder, en el año 284 D.C. Apenas 10 años antes el emperador Aureliano había conseguido acabar con la guerra civil, y esa era realmente la única buena noticia entre el caudal de problemas que Diocleciano tenía enfrente. Para resolverlos, recurrió a una serie de medidas extremas, pero seguramente necesarias. De las medidas que tomó Diocleciano para remediar la crisis, así como de las consecuencias históricas que tendrían hablaremos la siguiente entrada.

(continuará...)


domingo, 26 de enero de 2014

Capitalismo y Crisis en la Roma de Augusto (parte II).


Fue bajo el reinado de Augusto (primer emperador del Imperio Romano) que comenzó la Pax Romana, periodo que duró aproximadamente dos siglos y durante el cual el imperio mantuvo un ambiente de relativa paz y prosperidad dentro de sus fronteras. En la entrada anterior presentamos un pequeño panorama de la situación del ciudadano común durante este periodo; en esta ocasión, vamos a ver el panorama macroeconomico y la manera como se desarrolló una de las muchas crisis que sufrió el imperio, empezando por la que provocó el propio Augusto a su regreso de Egipto, tras haber derrotado a Marco Antonio y Cleopatra (finalizando así la guerra civil y proclamándose emperador).

Augusto haciendo pose
Bling Bling tras su regreso
triunfal con el tesoro de
Egipto.
Y es que Augusto, tras terminar la guerra civil y habiendose anexionado Egipto como provincia del imperio, tomó buena parte del tesoro de los faraones y lo llevó a Roma para reanimar el comercio. Barcos cargados de oro y piedras preciosas llegaron a los puertos de la peninsula italica listos para llenar de riqueza a sus ciudadanos. O eso creyó Augusto, porque la verdad es que el oro no es riqueza, ni puede generar riqueza por si mismo. De modo que cuando Augusto puso en circulación el tesoro de Egipto, lo que pasó fue economía de cajón: al aumentar la masa monetaria (mientras la producción de todos los bienes y servicios se mantenía en su mismo nivel) los precios se fueron a las nubes. Esto no sería problema en una economía de información perfecta, donde todos los agentes tienen toda la información exacta de la masa monetaria en existencia (y el poder de cómputo necesario para hacer sus cuentas). Bajo información perfecta, todos los precios simplemente sufrirían un reajuste y la economía seguiría exactamente igual que antes. Todo costaría más, pero todos tendrían en la misma medida más dinero, de modo que el poder adquisitivo, en promedio, no habría variado.

Lo que envenena no es la inflación, sino la incertidumbre. Y fue incertidumbre lo que inundó al imperio al mismo tiempo que el oro. Póngase el lector un momento en la situación de un productor romano: El primer dia se entera de la excelente noticia de que Augusto ha regresado de Egipto con el tesoro de los faraones listo para entrar a las arcas del imperio. Al segundo día los precios de algunos productos empiezan a aumentar, incluyendo los de aquellos que usted usa como insumos para producir. Al tercer día se ve obligado a aumentar también el precio de sus mercancías. Al cuarto día los precios vuelven a aumentar. Al no saber si estos aumentos continuarán (y a que nivel) el quinto día usted aumenta aún más los precios, intentando adelantarse a la inflación. Repita la misma lógica con cada uno de los ciudadanos romanos y tiene como resultado una inflación galopante como no se había visto en muchas generaciones.

La inflación continuó durante todo el reinado de Augusto (casi 40 años) y casi podría decirse que el ciudadano romano ya se habia acostumbrado a ella, de modo que la incertidumbre fue reduciéndose paulatinamente, al tener las personas unas expectativas más o menos acertadas de dónde estarían los precios el siguiente mes o el siguiente año. Recuerde el lector que no es trucho en estos menesteres que la inflación no solo afecta los precios, sino también los intereses de las deudas. Porque si yo le presto 100 liras hoy y me las va a pagar (junto con los intereses) hasta dentro de un año, yo espero que cuando haya saldado la deuda pueda yo comprar con ese dinero más que lo que podía comprar cuando se lo presté. Si yo calculo que la inflación será de un 50% anual, entonces si le presto 100 liras espero que me regrese, al menos, 150 (más los intereses). El que se endeuda también tiene esto en cuenta, de modo que con una inflación (constante y predecible) del 50% anual, unos intereses de 55 o 60 puntos no son para nada leoninos.

La inflación (o más bien, la incertidumbre provocada por la inflación) durante el periodo de Augusto dejó la economía del imperio susceptible, pero lo que de verdad la remató fue la "solución" a la inflación. Porque cuando Tiberio sucedió a Augusto en el trono, éste decidió que la inflación era cosa mala y que habia que acabar con el problema de raiz. Y si lo que inició el problema fue el aumento de la masa monetaria, entonces la solución obvia era una reducción drástica de ésta (es decir, sacar de circulación todo el oro que trajeron de Egipto y volver a enterrarlo bajo las piramides). O eso pensó Tiberio, porque cuando éste interrumpió bruscamente la espiral inflacionaria sacando de circulación buena parte de la masa monetaria, lo que pasó fue, otra vez, economía de cajón.

Busto de Tiberio tras comprobar
los efectos perniciosos de reducir
la masa monetaria en circulacion.
"Shit!"
Y es que, en efecto, la inflación se detuvo bruscamente, con lo que se solucionó el problema. Pero la incertidumbre (que es lo que realmente jode) volvió a inundar el imperio. ¿Recuerda esa deuda de 100 liras que pidió en enero con la promesa de devolver 160 exactamente dentro de un año? Pues resulta que tras la decisión de Tiberio, la inflación se detuvo, su cosecha anual ya no la vendió a 160 liras, sino a 110, de modo que tendrá que cubrir esas 50 liras sobrantes con sus ahorros personales (si es que tiene algunos). De modo que corre al banco a retirar dinero contante y sonante, pero cuando llega, resulta que hay una fila de 200 personas que tuvieron exactamente la misma idea (y por exactamente las mismas razones).

La situación de su banquero no estaba mucho mejor. El coeficiente de caja como concepto se inventó hace muy poco, pero se viene usando desde hace mucho tiempo. Los banqueros romanos ya sabían (por simple experiencia) que muchas de las personas que pedían prestamos no requerían el dinero en efectivo, sino que bastaba un cheque, pagaré, o bono emitido por el banco para levantar la orden. De este modo el banquero, aunque tuviera 10 mil liras en la bóveda, podía levantar préstamos por 15 o 20 mil liras (simplemente dando papelitos en lugar de oro real, que estaba bien guardado en la bóveda), y nada malo pasaría en tanto los clientes no acudieran al banco en masa a retirar su oro. El problema es que en ésta ocasión, los clientes sí que comenzaron a acudir en cantidades cada vez mayores. Los primeros en quebrar fueron los pequeños banqueros, que de esas 15 mil liras que debían devolver, pudieron devolver solamente las 10 mil que tenían, dejando al resto de las personas sin un centavo. Cundió el pánico y la gente fue, ahora sí en masa, a retirar su dinero (lo necesitaran o no). El banco de Balbo y de Olio tuvo que hacer frente en un solo dia a más de 300 millones de obligaciones, lo que lo obligó a declararse en quiebra y cerrar las ventanillas. Productores y comerciantes, no pudiendo hacer frente a sus deudas, comenzaron a quebrar también.

Uno de los bancos más grandes, el de Máximo y Vibón, que se encontraba al borde del colapso, pidió ayuda al de Pettio. Se corrió el rumor y fueron ahora los clientes de Pettio los que corrieron en masa al banco a retirar su dinero, impidiéndole rescatar a sus colegas (LOL). El pánico salió de la ciudad de Roma y se esparció a las provincias. Lyon, Alejandría, Cartago y Bizancio fueron simultáneamente inundados de gente que acudía a retirar su efectivo. Los pequeños productores, incapaces de aguardar a la siguiente cosecha para hacer frente a sus obligaciones, tuvieron que entregar sus terrenos en favor de los latifundistas, que estaban en mejores condiciones de resistir.

Al final, Tiberio distribuyó cien mil millones de liras entre los bancos, con la condición de prestarlos a 3 años sin intereses, lo que logró devolver la confianza y restablecer (en mayor o menor medida) los creditos y el consumo. Todo esto pasó en los primeros 50 años de la Pax Romana, lo que dejó los siguientes 150 para llevar a Roma, ahora sí, al periodo de paz y esplendor del que hablamos en la entrada anterior.

Aquella ocasión no fue la primera en la que un emperador metería la mano en la economía, ni sería la última. Este periodo de crisis fue de relativamente poca importancia porque no se afectaron los fundamentos de la base productiva del imperio, de modo que la recuperación no tardó en llegar una vez que finalizaron los desequilibrios macroeconomicos generados por las políticas de Augusto primero y Tiberio después. Las peores crisis de Roma no habían llegado aún, crisis derivadas de periodos inflacionarios y de sobreregulacion provocados por un aparato estatal que había perdido total contacto con la realidad, lo que terminó por destruir, ahora sí, la base productiva del imperio, llevándolo a su caída. De eso hablaremos en las siguientes entradas.

(continuará...)

sábado, 25 de enero de 2014

Capitalismo y Crisis en la Roma de Augusto (parte I).


Si bien disciplinas como la filosofía o la matemática son casi tan viejas como la cultura occidental, otras como la economía no aparecieron hasta hace muy poco (en términos históricos), lo que desde luego no evitó que el ciudadano de épocas pasadas se las apañara bastante bien, y puede que incluso mejor, considerando los recursos tan limitados de los que disponia. A pesar de no contar con un solo tecnócrata o economista, el imperio romano fue responsable de uno de los periodos de paz y (relativa) prosperidad generalizada más extensos de la historia: la pax romana.

En su época de esplendor, Roma fue un imperio de aires más liberales que intervencionistas: los impuestos que pagaba el ciudadano romano no eran pocos, pero a cambio, las regulaciones tampoco eran comunes, lo que le daba libertad de hacer con su dinero (sobrante) lo que le pareciera mejor. Las grandes obras de ingenieria las financiaban los gobiernos, ya fuera el gobierno central o los gobiernos locales en cada provincia, mientras que los servicios pequeños y medianos eran desarrollados en su mayor parte por la iniciativa privada. En la Roma de Augusto ya existía una gran cantidad de servicios privados altamente desarrollados: escuelas, servicios de correo y mensajería a lo largo del imperio, bancos (llevados por nobles adinerados), transporte maritimo de mercancia y de personal, etc.

En general, Roma nunca fue una ciudad industrial en el sentido de usar tecnicas de producción intensiva, pues el uso de esclavos nunca hizo económico el implementar otros modelos de producción. Roma se nutría de una suministro constante de esclavos procedentes de las provincias que el imperio se iba anexionando, o de las que ya le pertenecian pero que se revelaban cada cierto tiempo, usualmente debido a malas administraciones producto de gobernantes corruptos (lo que no evitaba que la revuelta se aplastara con fuerza, terminando con la ejecucion de sus dirigentes y la venta de algunos de los rebeldes como esclavos).

Fue precisamente durante la Pax Romana (periodo que duró unos 200 años y durante el cual todas las regiones centrales del imperio se mantuvieron pacificadas) que los modelos de producción comenzaron a sufrir cambios graduales, pero de consecuencias importantes. La extensión de la ciudadanía a una cantidad creciente de habitantes dentro de las fronteras, junto con la reducción en la cantidad de esclavos provenientes de las provincias, hizo que estos comenzaran a escasear. Los primeros en beneficiarse de esta situación fueron los propios esclavos: ahora sus dueños ya no podían darse el lujo de perder esclavos por fugas debidas a malos tratos o muertes provocadas por condiciones de trabajo inseguras, lo que obligó a los dueños a mejorar tanto el trato personal como sus condiciones de trabajo.

La mejora gradual en la cruza de ganado llevó a la sobreproducción, lo que redujo su precio y aumentó el de los cereales (de los cuales depende el ganadero). Al volverse más lucrativa la agricultura que la ganadería, los terratenientes comenzaron a dedicar cada vez mayor proporcion de tierras al cultivo, que a pesar de ser ahora más lucrativo, requería un mayor uso de mano de obra que la ganadería. La cantidad de esclavos no era suficiente para explotar las tierras, de modo que los latifundistas y terratenientes no tuvieron más remedio que dividirlas y arrendarlas a ciudadanos libres a cambio de una parte proporcional de las ganancias. Estos trabajadores libres, interesados en hacer rendir al máximo cada hectarea, introdujeron toda una serie de mejoras en la agricultura: uso de abonos, rotación de cultivos y selección de semillas. Se importaron diversas plantas de otras regiones y mediante métodos racionales se aprendió a adaptarlas al clima del mediterraneo. Las mejoras en la producción hicieron bajar (salvo epocas de sequía) los precios de los granos, permitiendo una mejora sustancial en el nivel de vida de todos los ciudadanos.

A lo largo de los caminos (construidos y mantenidos por el imperio), se establecieron toda cantidad de negocios privados: el viajero podia encontrar una posada cada 10 km, y mansiones (en renta para la gente acaudalada que viajaba a traves del imperio) y burdeles cada 30. El viajero cansado siempre podia rentar un caballo en estaciones ubicadas a lo largo de los caminos. El imperio mantenia cuadrillas vigilando las rutas mas transitadas, lo que permitía viajes relativamente seguros a traves del imperio. El comercio prosperó y con ellos los habitantes tuvieron acceso a  productos, servicios y mercancias provenientes de todo el imperio e incluso del extranjero (para los que podian pagarlas).

Aunque los recursos del subsuelo en teoría pertenecían al gobierno, éste arrendaba minas a cambio de cantidades muy modestas. El uso de esclavos (a los que no habia que pagar), junto con los bajos costos de arrendamiento, hizo de la minería un negocio muy lucrativo. El interés llevó a los romanos a buscar (y encontrar) recursos en regiones de lo más variadas: azufre en la isla de Sicilia, carbón en Lombardía, hierro en la Toscana, etc. Parte de la producción cubria las necesidades locales y el resto se comerciaba dentro y fuera del imperio. Las rutas maritimas libres de piratas (primero gracias a las incursiones de Julio Cesar y más tarde gracias a dos flotas permanentes que el imperio creó especificamente con éste fin) permitieron el comercio en barcos que podian cargar hasta mil toneladas de mercancía y llevar un buen número de pasajeros a costos accesibles incluso para ciudadanos de ingresos modestos. El interés de los comandantes por llevar más viajeros y mercancías en el menor tiempo posible (lo que permitía hacer más viajes y con ello aumentar las ganancias) hizo que las rutas se cubrieran en tiempos cada vez menores (los viajes a Egipto, que antes tomaban 6 meses, comenzaron a hacerse en uno), lo que a su vez ayudó a abaratar cada vez más los costos de transporte.

Como apuntan muchos autores, es difícil decir hasta qué punto el desarrollo de Roma y su imperio se debió a la iniciativa privada, y hasta qué punto al Estado. Éste fue responsable de una infraestructura única en su tiempo: carreteras, acueductos, drenaje, sistemas de comunicación (los romanos contaban con un sistema similar al telegrafo, basado en señales luminosas, que se mantuvo practicamente sin cambios hasta la época de Napoleón), un ejército que mantuvo seguros los caminos y las rutas marítimas, etc. Ocasionalmente, las arcas públicas servían como banco, prestando dinero a intereses altos (y sobre garantías sólidas, como terrenos o propiedades), cosa que hacía mucho más conveniente recurrir a servicios de banca privada, pero que ayudaba a que no dejara de fluir el crédito. Los emperadores incluso permitian a los gobernadores de cada provincia acuñar su propia moneda, cosa que no impidió el desarrollo de las instituciones financieras privadas y sus diversos instrumentos: billetes, cheques, pagarés, libretas contables, sucursales bancarias, traspasos de efectivo, etc.

El pragmatismo de los romanos hizo que nunca se desarrollara en su época nada parecido al estudio de la macroeconomía. Los (buenos) emperadores tomaban decisiones basadas en su criterio y experiencia para intentar dar solucion a problemas económicos inmediatos que afectaban a sus ciudadanos: no era raro que los grandes proyectos de ingenieria estuvieran en parte motivados por darle ocupación a trabajadores en épocas de desempleo particularmente alto, o que se fijara un precio máximo al grano cuando la escases daba paso a espirales especulativas por parte de los terratenientes. Los particulares en cambio tomaban decisiones basados exclusivamente en su interes, cosa que no evitó que el nivel de vida durante la pax romana alcanzara cotas que no se podrían superar en los siguientes mil años. La vida del ciudadano romano nunca fue fácil (ni siquiera en la pax romana), pero fue la mejor vida que una persona promedio hubiera podido vivir en todo el periodo comprendido desde el inicio de la humanidad hasta el inicio de la industrialización, un logro nada despreciable.

Si bien resultó una gran ventaja para los romanos el no tener un solo economista tomando decisiones importantes, el hecho de que ni los propios emperadores (o sus asesores) supieran muy bien lo que se estaba haciendo llevó a diversas crisis y desequilibrios macroeconómicos que tuvieron muchas similitudes con otras crisis, estas sí mucho más recientes y provocadas por gente que, en teoría, ahora sí sabía lo que estaba haciendo. De esas crisis hablaremos en la siguiente entrada.

(continuará...)


viernes, 1 de noviembre de 2013

Monedas descentralizadas: Un ejemplo virtual con Minecraft.


Este artículo de 2013 ha sido ampliado para tomar en consideracion eventos acontecidos desde 2013 y formar parte de una serie dedicada a monedas descentralizadas y economía austriaca.


Un juego es, en efecto, un claro ejemplo de un proceso en que la obediencia a normas comunes por parte de elementos que persiguen objetivos diferentes e incluso conflictivos, da como resultado el orden general.

-Friedrich Hayek.

El rompimiento unilateral por parte de los EEUU de los acuerdos de Breton-Woods marcó el inicio del uso masivo de dinero fiduciario y banca centralizada. Esto provocó que a las generaciones que nacieron a partir de esta época les cueste trabajo concebir la idea de monedas descentralizadas e incluso el propio concepto de dinero-mercancía. A menudo se dice que sin un gobierno que establezca las reglas del juego, sería imposible que la iniciativa privada pudiera establecer de manera efectiva una moneda que le permitiera realizar transacciones.

Una duda usual al respecto es esta: ¿como pueden millones de individuos, cada uno siguiendo su propio interes, establecer una moneda común para los intercambios? ¿que evitaría que al final tengamos una economía con 200 monedas diferentes, cada una intentando imponerse por sus respectivos defensores, haciendo increiblemente dificil el intento de realizar transacciones? Este problema es fácilmente resuelto cuando la moneda la emite la banca central: al tener el monopolio del dinero, el gobierno siempre puede por métodos coactivos forzar el uso de un único medio de cambio. La sociedad sin embargo puede también realizar el mismo proceso sin necesidad de una autoridad central coordinando el trabajo, y ejemplos hay, tanto en la vida real, como en el mundo virtual.

Minecraft es un juego que podríamos describir, en pocas palabras, como un mundo abierto donde el jugador tiene que obtener recursos para sobrevivir y construir. Dicho juego tiene una modalidad en la que los jugadores pueden participar en servidores masivos con otros usuarios. Existen recursos que son abundantes (como el carbon o el hierro) y otros que son bastante menos comunes (como el diamante). Desde el momento que la gente empezó a jugar en servidores masivos surgió el comercio: Como en la vida real, a cada jugador le gustan más ciertas actividades que otras: excavar profundo en la tierra para encontrar diamantes puede ser una experiencia muy distinta a, por ejemplo, construir una granja donde puedas sembrar cereales y criar vacas. Resulta natural entonces que los jugadores comenzaran a comerciar mediante trueque, vendiendo productos que les sobraban gracias a hacer la actividad que era de su agrado a cambio de otros que necesitaban producto de otro tipo de actividades.

En las primeras versiones de Minecraft prácticamente todos los productos tenian algun uso como materia prima, bien para construir o para crear algun tipo de herramienta. Uno de los pocos items que no servían para absolutamente nada era la "slimeball" (a partir de ahora SB): una esfera verde que solo se podía obtener al encontrarse con una clase particular de monstruo (poco peligroso) que habita el subsuelo. Al morir soltaba una SB, y con ella no se podía producir nada, ni usarla para construir, ni como alimento. A pesar de su aparente inutilidad, la SB tenía dos características interesantes:

Era escasa: Al generarse los monstruos en el subsuelo, de manera aleatoria, y con una baja probabilidad de aparición, resultaba imposible producirlas de manera masiva, de modo que el jugador solo podía obtenerlas de manera casual cuando exploraba el subsuelo en busca de minerales.

Era portable: Las SB se podían apilar en muy poco espacio, lo que significaba que un jugador podía llevar una buena cantidad de ellas sin que esto terminara quitándole espacio en su inventario (que es siempre limitado).

Los jugadores se dieron cuenta de éstas dos características y algunos empezaron a guardar sus SB sin otro interes que el de atesorarlas (por ser escasas). Para la mayoría de los jugadores, sin embargo, seguía siendo basura inutil, de modo que no les importaba deshacerse de las que habían llegado a juntar durante sus exploraciones a cambio de un poco de materia prima a la que sí le podían dar algun uso. Las SB ya no eran entonces absolutamente inútiles: tenian valor para unos pocos, de modo que en lugar de tirarlas, los jugadores empezaron a guardarlas con la esperanza de encontrar ocasionalmente a algun usuario que quisiera adquirirlas a cambio de buenos productos.

Ahora bien, ¿por qué las atesoraban estos primeros jugadores si realmente no servían para nada? La naturaleza humana, quizá, el tener algo que nadie más tiene (esto es, un cofre lleno de bolas verdes inútiles). ¿Es importante saber las razones por las que estos primeros jugadores decidieron empezar a guardarlas? No realmente. Las guardaban, y eso bastaba,

De modo que gracias a estos primeros usuarios las SB adquirireron un valor, casi insignificante, pero valor al fin. Dado que ocasionalmente ibas a poder encontrar alguien que te las comprar a cambio de algun producto, entonces otros (para quienes no habrían tenido valor en un principio) empezaron a guardarlas también. De modo que ya hay dos clases de jugadores que guardan sus SB en lugar de tirarlas al rio (en sentido figurado): Los que las atesoran simple y sencillamente porque sí, y los que esperan encontrar a la primera clase para venderles algunas SB a cambio de algo útil. Note el lector que en este momento seguimos sin hablar de una moneda. Sigue siendo todo simple y sencillo trueque: tengo X unidades del producto A y te pido Y unidades del producto B.

Pasa el tiempo, más gente comienza a darle a la SB algun valor (aun marginal), más interés se genera por guardarlas, y más gente empezaba a adoptarla. La ley de oferta y demanda entra en acción (realmente lo estuvo todo el tiempo): aumenta la demanda de SB's y eso hace que aumente su valor, al aumentar el valor, aumenta el interes por juntarlas, guardarlas y usarlas. Sin necesidad de ningún tipo de acuerdo general y masivo, las características de las SB hicieron que de pronto ya en todo el mundo (virtual) la gente estuviera usando SB para comerciar.

Durante el proceso de adopción generalizada, habian jugadores que las valoraban más que otros, de modo que mientras que algunos te daban un lingote de hierro a cambio de una SB, otros estaban dispuestos a darte dos lingotes. A los jugadores que pedian demasiadas SB a cambio de sus productos les costaba cada vez más trabajo vender. Los que pedían muy poco notaron que los vendian con demasiada facilidad y que podían darlos un poco más caro y aun así seguir vendiendo. De éste modo, los primeros jugadores comenzaron a vender más barato y los segundos más caro.

Con el tiempo los precios se estabilizaron alrededor de ciertos valores: surgieron los precios de mercado. Cuatro carbones (usados para cocinar y fundir minerales) a cambio de una slimeball, un diamante a cambio de 64 slimeballs, etc. Los jugadores primerizos podían usar estos precios de mercado como referencia para sus transacciones. El hecho de que una SB ya tuviera un valor bien establecido y conocido por los jugadores (al menos por los que estaban interesados en comerciar) hizo que surgiera una economía detrás de las SB: algunos jugadores encontraban divertido dedicar sus esfuerzos exclusivamente a juntar SB, en "detrimento" de otras actividades económicas.

Al final, los desarrolladores de Minecraft introdujeron una actualización que pasó a cambiar totalmente las características de la SB: primero, que esta ya se podía usar como materia prima para crear algunos objetos útiles, y segundo y más importante, que los monstruos que te daban las SB se hicieron mucho más comunes. Al perder su característica de escases, la SB fue pronto abandonada como moneda de cambio (excepto en los servidores de versiones anteriores a la actualización).

El ejemplo de las Slimeballs en Minecraft no pretende ser un ejemplo perfecto y fidedigno de moneda descentralizada. Sin embargo, nos muestra de una manera mas o menos clara y controlada algunos elementos basicos de lo que hay detrás del dinero-mercancía. Pero no se preocupe el lector por que el ejemplo sea limitado: en el año 2009 surgió un producto que nos mostraría este mismo proceso aplicado: ahora sí, en el salvaje e impredecible mundo real. Hablamos de Bitcoin y su ascenso meteórico de los últimos años. Pero de eso hablaremos en neustra siguiente entrada...